Eduardo “Tito” Saavedra, Gastronómico de alma y vida

Gastronómico de alma y vida

La historia de Eduardo “Tito” Saavedra es la de una infancia dura y una vida que no siempre le sonrió. Pero también es la de un luchador incansable, que encontró en su actividad una vocación y el mejor refugio. En entrevista con María Susana Césari, Secretaria Ejecutiva del IPLIDO, recorremos una historia inspiradora que llega desde Necochea, y llena de mensajes que honran a nuestra labor.

Hay gente que vive mucho. Pero no son tantos los que pasan los 80 y en el balance de ese largo camino, pueden decir con certeza que fueron felices. Mucho menos cuando nada fue fácil, y hasta en la niñez -etapa fundamental para la formación de todo ser-, los recuerdos son de carencia y soledad. Eduardo “Tito” Saavedra, es el protagonista de una historia de vida que bien podría ser el guión de una película. El género podría ser dramático en su comienzo, pero sería imposible encasillarse allí, porque el final no sólo es feliz, sino que es un ejemplo para todos los compañeros y compañeras que desarrollamos la actividad hotelero gastronómica. Un verdadero emblema; un orgullo para nuestra Organización y un mensaje alentador para quienes luchan día a día para salir adelante, en la voz de un verdadero campeón de la vida.

Crecer a pesar de todo… y creer

Tito tiene 81 años. Pero todavía recuerda, como una marca indeleble en la memoria, cuando lo dejaron abandonado y tenía tan solo tres añitos. “Mi madre murió cuando yo nací, y a mi padre lo mataron. Me llevaron del campo a Villaguay, Entre Ríos. A los tres años quedé huérfano y solo, sin ningún pariente”, rememora Tito. Al principio quedó a cargo de una abuela postiza, pero tres años más tarde, cuando tenía seis, llevaron a la abuela a un geriátrico y Tito se quedó solo en el mundo. Su universo era la habitación de esa casa en Villaguay, donde la única y fiel compañía era su perro Punchi. Su corazón viaja 75 años atrás, y el recuerdo sigue intacto. La sensación de soledad, también. “Mi vida fue así por tres años más, hasta los 9. Comía en el colegio al mediodía, tomaba la leche en una panadería y a la noche una vecina me alcanzaba algo. No tenía miedo, pero estaba totalmente solo”. Emociona imaginar esa escena, pero moviliza aún más, escuchar cómo sigue la historia de este niño que nunca se dejó vencer, ni aún en la etapa más vulnerable de la vida, en las que no hubo un papá ni una mamá para hacer un mimo ni compartir un plato de comida.

“A los 9 me ofrecieron trabajo en la panadería en la que siempre me daban algo para comer. Hablé con el patrón, Juan Carlos, que era muy buena persona, y empecé. Sacaba las masas del horno y las preparaba para mandar al mostrador”, recuerda con el orgullo del pequeño hombrecito de aquel entonces. Y aún siendo un niño, su carrera en la gastronomía había comenzado, acompañándolo por siempre. “Cuando iba a cumplir 11 cambié de jerarquía, pasé a lavacopas. Me gustaba lo que hacía, yo creo que nací para esto. Después me pusieron a hacer café: ¡me ponían cajones de madera porque no alcanzaba la máquina! Al año siguiente, a los 12, ya hacía helado, sándwiches…”, y agrega Tito con emoción: “Puedo decir que fui gastronómico desde los 9 años”.

Otro momento que lo marcó lo encuentra adolescente, con 15 años. En la confitería se enferma uno de los mozos, y el patrón le ofrece cubrirlo: “Recuerdo ese momento como si fuera hoy. El patrón me dio dos pantalones negros, dos sacos blancos, dos camisas… y su señora, que me quería mucho, me regaló un par de zapatos negros”. Así fue que Tito Saavedra, el muchachito huérfano de padre y madre, finalmente se calzaba el traje de mozo, e impecable, iniciaba la carrera que le daría la dignidad tan ansiada. La vida a veces devuelve, premia, otras no.

“A los 16 me vine a Buenos Aires. Me buscaron otros compañeros que trabajaban en Dos Leones en Constitución y allí trabajé un tiempo”, cuenta emocionado. Pero la voz se le quiebra al relatar la anécdota más importante, la de su propia historia de amor. “Cómo conocí a mi señora es de novela… la primera vez que la vi, ¡ella tenía 11 años! Años más tarde, ella tenía 16 y yo 24, y yo estaba en Necochea. Me tenía que ir a trabajar a Mendoza. Pero esa noche peleaba un hermano de ella, que era boxeador. Me quedé a la pelea, y aparecieron mis suegros y Olga Esther, que ya era toda una mujercita. Me invitaron a comer ravioles al otro día, y me terminé quedando para toda la vida”. Se casaron un 21 de septiembre, y ya cuentan 55 primaveras el uno junto al otro, además de una hermosa familia. Tuvieron tres hijos, Máximo, Néstor y María Olga. La hija le dio a quienes son la luz de sus ojos, sus dos nietitos, Antonio y Lorenzo, de 5 y 3 años. “Cuando era chico, nunca pensé que iba a formar un hogar… y hoy mi familia es mi sueño cumplido. Siento que he triunfado porque mis hijos son excelentes personas. Ahora sólo deseo tratar de vivir todo lo que pueda para mi familia, mis hijos y mis nietos, que los adoro”, relata este ferviente creyente dela Virgen de Luján.

La vida por el trabajo, el trabajo por la dignidad

Con nada más ni nada menos que 73 años de trabajo, Tito fue delegado a sus 40 años, en el restaurante en el que trabajaba en la ciudad que lo cobija hasta hoy, Necochea. También fue Secretario General en su última etapa: “Siempre hice la tarea de ayudar a mis compañeros. Quizá haya sido el mejor en organizar la bolsa de trabajo en el sindicato en Necochea. Siempre me ha gustado ser correcto, ser amigo, del compañero y del patrón”, cuenta con firmeza.

“Los mejores años los he vivido en el Sindicato y con la familia. Me han apreciado y querido como los quiero a todos. Hoy soy muy feliz”, agrega, al tiempo que desea dejar su mensaje para los más jóvenes, que se inician en nuestra actividad. “Les pido que luchen por su trabajo, por su provisión. Esto se ama o se deja. Hay que luchar por lo que queremos, en la lucha diaria y la honestidad está la felicidad de cada persona”, dice con la convicción de quien ha vivido.

Y si hay algo que denota grandeza en los corazones de la buena gente, es la humildad y el agradecimiento. Lejos de guardar rencor por el dolor y una infancia tan dura, Tito no deja de ser un agradecido frente a la vida y a su labor: “Este gremio me dio todo: fue mi padre, mi madre. Mis compañeros siempre me ayudaron, y yo siempre trabajé. Mi trabajo me dio la posibilidad de salir adelante”, y sintetiza con orgullo: “Siempre fui gastronómico, entré y seguí, nunca me fui de mi gremio. Me enamoré de mi labor. Y si naciera de nuevo, lo volvería a elegir”.